Una cadena de actos

UNA CADENA DE ACTOS

Tren a Rímini

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Me voy de Florencia, abandono el gentío, las personas confundidas entre las esculturas. El tren es como una línea de tiempo. Atrás queda El David y el Baptisterio. Adelante el Adriático y el agua clara. El David es el pasado, no sólo porque ahí ya estuve, sino porque unos años antes de mi primera visita a Florencia, llegó a mis manos un libro acerca de Miguel Ángel. Eso quedó grabado en mi memoria y ahora vuelve para desaparecer, como los cubitos de hielo que se derriten en el verano. Entonces supe que Michelangelo Buonarroti era un trabajador de la piedra, un incansable y solitario artista, un joven que también en su   época tuvo que hacer frente a los   temores y prejuicios de su padre cuando le dijo que se dedicaría al arte. Estudió en varios talleres y su mecenas fue Lorenzo el Magnífico hasta que éste murió y alguien le encargó que tomara un trozo de  piedra que otro escultor había  abandonado. Trabajó dos años y medio sin mostrar a nadie su trabajo. Su gran secreto era El David. La representación, antes de su enfrentamiento con Goliat.

Entonces, ¿Qué hubiera sucedido si ese primer artista nunca hubiera abandonado su proyecto? ¿Qué hecho inexplicable y desconocido lo habrá hecho caer en la desidia? El David fue colocado en el centro de una plaza donde todos podían verlo. Sólo siglos después fue trasladado a   La Academia, lugar donde lo vi dos veces, una hace más de veinte años y otra hace menos de un día. Las dos visitas se superponen en mi memoria y ya no sé cuál es el boceto.

Hay amor en la construcción del David. Vi esperanza masculina en un erotismo femenino. Lo homo y lo hetero, mezclados en poesía pura. Equilibrio homogéneo en cada grieta y un cuerpo estallado en partes. De su brazo izquierdo cuelga una lonja. Toda la estructura está sostenida por un tronco  tallado en su pierna derecha. Los músculos son los guerreros y en su rostro se enfrentan con filo poético.  La vena del brazo transporta la energía de un lado al otro del cuerpo y alimenta a todas las esculturas de la sala, vivas en la frialdad.  Porque de noche se convierten en turistas y se despiertan para beber sexo de los copones. Aquellas que son puro busto, se arrastran rodando y mancas abrazan a su estrella.  Quizás del mismo modo en que Tommaso Cavalieri – uno de los discípulos de Miguel-  abrazó el sepulcro esculpido.  ¿Y si el David era Tommaso? ¿Y si Tommaso/David hubiera nacido igual, en cualquier piedra, así como uno puede acomodarse en cualquier sitio para escribir? Si este tren se detuviera ¿yo descubriría que sin su movimiento mecánico no escribo?

Años después Julio II encargó a Miguel Ángel el proyecto de su mausoleo, una serie de esculturas entre las que se encuentra El Moisés. Pero de nuevo el tren de las casualidades. Julio pidió a Miguel Ángel que interrumpiera esa construcción para que pintara la Capilla Sixtina. Así fue como quedó inconclusa la obra del mausoleo y la muerte encontró al Papa con su  lecho sin hacer. ¿Pero qué hubiera sucedido si el Papa no hubiese hecho esa interrupción y ese encargo?   Quizás él hubiera tenido su mausoleo, pero Dios no estaría a punto de tocar la yema del dedo del hombre. Escribir destruye mi Goliat. Rímini está lleno de futuro.

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