NUNCA MÁS SERVIR A HOMBRE QUE SE ME PUEDA MORIR

Nunca más servir a hombre que se me pueda morir

Madrid & Buenos Aires.

Escribo en Buenos Aires acerca de Madrid. Escribo sobre hombres, porque es un tema que une al planeta de las mujeres. Por amor o por rechazo, por deseo o necesidad, por papeles o palabras que se lleva el viento.

En Madrid hice un paseo por el Museo del Prado. Me prohibieron tomar fotografías y en su lugar tomé apuntes. Vi muchos cuadros, uno de ellos La conversión del Duque de Gandia, en el que Carbonero escribe el epígrafe de San Francisco de Borja que transcribo con una pequeña diferencia en el título. Nunca más servir a Señor que se me pueda morir. Se trata de un servidor y su señor. Del miedo que vi a través del lacayo del Duque y que  traduje a mi universo femenino. Porque el amor nos hace servidoras de señores o señoras que se pueden morir. Pero ¿sería posible un señor inmortal? ¿Un deseo eterno?  Seguí caminando. Y como si las salas fueran años y mis pasos unieran los lapsos, seguí la pregunta una sala después. Ahí estaba Saturno –emblema del tiempo en la mitología- devorando a su hijo, retratado por Goya. Si somos esclavos del tiempo, de los amores que se terminan, de un poder que tememos perder ¿qué hacer con todo lo que viene después para no devorarlo, o amarlo que a veces es casi lo mismo?

Como si el museo fuera un mapa de mi mente, una cartografía de la guerra entre el deseo y lo prohibido, me dejé capturar por los mensajes entrelíneas de los datos explicativos de otros cuadros. Busqué claves. Así descubrí que el Adán y Eva de Durero fue un regalo que la reina Cristina de Suecia le hizo a Felipe IV. ¿Amor declarado o secreto? ¿Feminismo al óleo? ¿Erotismo real? Laberinto.

Estos apuntes rescaté de mi cajón mental mientras esperaba un turno y hablaba con otras mujeres en la sala de espera. Todas estábamos al servicio del señor de turno, el Doctor. Pero ninguna podía explicar las razones de su amor servicial, aunque cualquiera de ellas – lo percibí en sus ojos- podría sobrevivir a la ausencia. Entonces una catarata de definiciones me vino a la mente. Cuando tenía 5 años, yo servía a mi padre. Él a cambio me bajaba los globos que se habían ido a la luna y aseguraba que ningún avión podía caerse. A los 10, señores eran los que daban besos de lengua, un mundo lejano para mí y al que podía acceder sólo si mi mamá me dejaba. A los 15 un ensayo de hombre me celaba, daba opinión sobre mi vestuario, combinaba transparencias y censuraba minifaldas. A los 20 un hombre era alguien que fumaba o que había dejado de fumar y ostentaba un cuerpo que podía soportar cualquier exceso. El placer mal entendido. A los 30 perdí completa noción de qué era un hombre y serví a un hombre niño. Llegando a los 40 me encontré con el ojo del cíclope, que se presentó como el señor que nunca muere. Entonces el cuadro de Carbonero  vino en mi auxilio, ¿ahora soy yo la que puede morir? Me llamaron y pasé al turno.

Foto: del Reina Sofía

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4 thoughts on “NUNCA MÁS SERVIR A HOMBRE QUE SE ME PUEDA MORIR

  1. “Si somos esclavos del tiempo, de los amores que se terminan, de un poder que tememos perder ¿qué hacer con todo lo que viene después para no devorarlo, o amarlo que a veces es casi lo mismo?” Me gusta mucho esa reflexión – pregunta. Creo que a veces cuesta amar sin devorar al otro.

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