Reflexiones en el aire

En mi primer viaje en avión, le pregunté a mi papá si el avión se caía. Ahora confío en el piloto amable y las azafatas distraídas, incluso en las dulces turbulencias. Pero temo que mi deseo caiga, estoy acostumbrada a lo difícil y todo lo que fluye o vuela me parece sospechoso. Si algo tan pesado como un avión puede volar, ¿por qué no puedo dejar atrás los miedos? Miedo a fallar, a perder el amor, a morir quemada en la hoguera, a ser más de lo que se puede ser, a la venganza del cuerpo. Estas nubes de algodón podrían ser mi colchón de lanzamiento porque tengo menos miedo a morir en un accidente aéreo que a no vivir por accidente.

Este viaje me hizo entender muchas cosas. Que la felicidad está en encontrar lo igual en lo diferente, que mi casa puede ser un hotel y que me gusta llegar con una maleta vacía y volver con dos cargadas. Realmente no necesito nada de todo lo que me llevo pero sí necesitaba comprar para sentirme viva. Porque los vivos queremos cosas. Amor, un par de ojos nuevos, un tic de pestañear y un puñado de confianza en la memoria episódica. Un cuaderno casi a la mitad, diez mil fotos, sonrisas de princesas y manzanas.  Viajar es no tener maestros ni jueces. Viajar es una forma de vivir, atenta, amorosa, que no pierde el asombro y menos aún la esperanza de volver a despegar.

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