La competencia entre mujeres, la ropa y la importancia de “la otra” en la psicología femenina         

Muchas mujeres niegan los sentimientos de envidia o celos entre sí y en su lugar argumentan  una diáfana relación amorosa con sus amigas pero no es lo que observo y experimento en la vida ni lo que algunas mujeres refieren en la intimidad de las consultas o expresan en investigaciones científicas. La negación o su nombre genérico “me hago la boluda”, es un recurso corriente -aunque inútil- para sobrevivir en este mundo hostil. La rivalidad incrementa con la negación de la competencia, como si fuera una olla a presión.  Una mujer es capaz de sentir un odio supremo hacia otra mujer con la que su novio estuvo antes, durante o después del noviazgo y en cambio no cuestionar o ser indulgentes con el hombre (también está el caso del castigo múltiple tipo ametralladora). El conocido hecho popular de enojarse con *la otra* obtiene preferencias antes que separarse del novio e incluso más allá de él.  Miradas furtivas ante la llegada de una mujer nueva a un grupo, bullying entre mujeres que abusan del poder del chisme y la puesta en marcha de  la exclusión social o la indiferencia, son algunos de las armas letales  de las mujeres. Por lo general la lucha se da entre sombras. Invitás a tomar el té y clavás el tenedor por la espalda.

Según leí en un artículo del New York Times, los investigadores canadienses Tracy Vallancourt y Aanchal Sharma se ocuparon de demostrar cómo las mujeres juzgan a otras basándose en la apariencia. Relacionaron un grupo de participantes mujeres primero con una mujer vestida de forma “insinuante”, es decir que mostraba signos de un cuerpo sexual y luego con otra vestida en vaqueros y camisa que tapaban su cuerpo. Los resultados que encontraron me parecieron fabulosos: la asistenta fue ignorada cuando llevaba vaqueros y  criticada cuando vestía  de forma insinuante. Desde mi punto de vista, “la otra” fue rechazada no tanto por la ropa en sí sino por ser otra. Esto representa parte de la crueldad y la agudeza de las percepciones femeninas, mezclada con una suerte de insatisfacción irresoluble. ¿Y para qué hacemos esto?

Jacques Lacan fue mi primer maestro de performance, porque sus presentaciones psicoanalíticas eran escenas en las que había un uso conciente del cuerpo y los objetos.  Me interesó no sólo su teoría francesa, sino su personaje, sus trajes y sus corbatas excéntricas. Siempre me parecieron aburridos los psicoanalistas que sólo daban importancia al lenguaje y descuidaban la relación con el cuerpo. Para las que no conocen el ambiente psicoanalítico desde adentro, se sorprenderían de la cantidad de analistas panicosos a  presentaciones en público que hay, sobre todo cuando se les saca la ventaja contrafóbica de sus libritos.  Así comprendí después de leer y ver algunos videos en you tube para las preparaciones de las clases que yo misma daba acerca del Esquema óptico, la importancia de lo imaginario en los seres humanos ya que la vida puede considerarse desde una triple perspectiva de acuerdo al psicoanálisis lacaniano: lo simbólico,  lo real y lo imaginario. Es en este último registro donde se producen las competiciones. La rivalidad entre pares no es una cuestión privativa de nosotras pero a mi me interesa las particularidades de lo imaginario en las mujeres, sobre todo porque aspiro en tiempos de feminismo a una riesgosa y mínima autocrítica de género.

Alguna vez te habrá pasado de estar angustiada y salir a comprar ropa. No recomiendo ir a la peluquería ni al shopping los días de angustia, porque son días en los que la imagen de una misma se ve menos completa que de costumbre y entonces una puede mandarse cagadas intentando recauchutar una falta en lo imaginario que en realidad viene de otro lado. La ropa también cumple un papel de estabilización en los semblantes femeninos sensibles a las presiones sociales. Sin embargo, las peluquerías se llenan frecuentemente de mujeres angustiadas o apuradas por modificar su imagen, que es  la primera membrana-capa que engancha o no miradas ajenas volviéndonos deseadas y deseantes. Pero, cómo se relaciona lo imaginario con las mujeres y esto con su apariencia, la ropa?

Lo imaginario tiene que ver con la constitución  del yo formado en gran parte en base a identificaciones con la propia imagen -de donde viene el interesante término “estadio del espejo”- y con la imagen del semejante. Cuando el bebé se mira al espejo, sostenido por la madre que le hace de sostén simbólico “mirá que lindo que sos, vas a ser esto o lo otro, te parecés a mamá”, al principio no se reconoce, no “se” mira sino que mira a ese otro que él es y luego se apropia de esa imagen al punto de entrar en una relación al infinito con la imagen de sí mismo, teñida por la idealización de todos los significados que se sentirá forzado a ser para alcanzarla. El júbilo al ver su imagen es un indicador del reconocimiento de sí mismo. La imagen viene a ser como una especie de “ropa” que cubre el cuerpo desorganizado y carente dándole cierta unidad, de hecho el niño adquiere un dominio de su imagen mucho antes que el dominio real de su cuerpo (puede reconocerse antes de lanzarse a caminar).

El amor o el odio a nosotras mismas está enlazado al amor u odio a las otras. Las otras que nosotras mismas somos, las que fuimos en aquel momento cuando usábamos polleras, las que seremos en un futuro imaginado, posmodernas y minimalistas,  las otras más amistosas o enemigas que pululan en la realidad, poseedoras de otras ropas-semblantes.  La envidia es el deseo de posesión de eso que no tengo, tiene la otra y por tanto anhelo. Una forma complicada de acceder al deseo, pero como venimos viendo en post anteriores, la practicidad no es hija de la neurosis sino más bien de su cura. Admitir los sentimientos de envidia sería reconocernos deseantes, carentes. ¿Cómo YO mujer voy a mostrarme así de vulnerable?

Al observar los estilos de mis pacientes que cambiaban o no a medida que el análisis avanzaba o bien se interrumpía, comencé a seguir la pista histórica de la ropa, lo que más tarde se convirtió en el taller Historia de Tu moda. La ropa se nos anticipa ya que al estar vinculada con procesos inconcientes manifiesta deseos, conflictos, tensiones y aspiraciones antes de que nos demos cuenta. Por eso es que considero tan importante realizar no sólo un inventario del placard sino una lectura de la propia ropa. Propongo leer nuestra ropa, leer nuestro placard para ir unos pasos más allá de la asesoría de imagen e introducir algo de una perspectiva simbólica entre tanto imaginario. Leer o leerse es salir de la ingenuidad “me pongo lo primero que veo”. Si te ponés lo primero que ves, me gustaría que te preguntaras si también estás llevando Prêt-à-porter al primer hombre que encontrás porque ponerse a seleccionar, rechazar y elegir es un trabajo que demanda cierto esfuerzo. Con esfuerzo me refiero a levantamiento de las resistencias al deseo y trabajo sobre la ansiedad.   

En lo personal, el comienzo de este proyecto de Amorsexoydeseo marcó un cambio significativo en mi propio placard o bien a la inversa, el cambio en mi imagen decantó en este proyecto.  Si bien siempre tuve una predilección por la ropa,  mi placard previo era una colección de múltiples patrones y de un arcoiris de colores vivos en una época en la que paradójicamente mi deseo estaba bastante muerto. De la misma manera los hombres eran  diversamente todos iguales, no podía tener un criterio de selección, combinaba todo tipo de motivos y colores junto a una superposición llamativa de prendas. Como diría una abuela, mucho ruido y pocas nueces. Lo peor es que pensaba que esa dificultad era natural y que como nadie es perfecto, tenía simplemente que elegir lo mejorcito dentro de lo peor. Así pasé años reformulando ropa que ya no pedía ser usada pero que yo intentaba preservar inventando nuevas formas de uso, modificaciones, transformaciones que llevaban a lo mismo y me seguían dejando insatisfecha pero de las que tampoco me podía deshacer. A los hombres también les cambiaba el ángulo por donde los observaba, diciendo “este tiene esto, dentro de todo está un poco menos descosido que el anterior”.

La ropa puede cumplir funciones de señuelo, atracción, camuflaje con respecto a nuestros semejantes. Las mujeres estamos atentas a los ropajes de la otra porque son pistas:  por dónde va el deseo. A algunas nos gusta jugar a las detectivas y percibimos cada kilo, cana, botón descosido. Otras prefieren una solución global sin prestar atención a los detalles, pero no olvidemos que un estilo “casual” está casualmente diseñado para camuflarse y camuflar las tensiones que se olvidan como un guante para ser recogido porque lo propio del deseo es generarse en climas de vergüenza, miedo.

Al experimentar la inseguridad y  ver que otra sabe lo que quiere o parece saberlo, una se asusta y reacciona a la defensiva. Preferiríamos “uniformes” que nunca cambiaran. Un buen outfit en la otra puede colaborar activamente para dar una imagen completa que nos pondrá los pelos de punta. “Mirá esa qué se puso, se las da de intelectual pero las mosquitas muertas son las peores”, frases como estas  se escuchan y se leen en internet que en su costado más oscuro se transformó en un espacio de vómito colectivo y también carne de diván para pescar conflictos neuróticos. La percepción de una imagen que “cierra”, la otra que transmite o que nosotras imaginamos que está en un dominio imaginario-real de su cuerpo, produce  muchas veces el impulso de dañar como forma de descompletar la imagen que en realidad termina completando. Lo que se envidia a nivel de la imagen es la totalidad y manipulación de los objetos. Involucra la percepción de una necesidad de algo que se quiere y la otra tiene, esa cosa que se prefiere que sea destruida antes que  fuera de nuestro alcance.

Desde el vamos nos educan para recibir el deseo de los hijos  y la biología nos llama a recibir el semen de los  hombres pero no tanto para buscar deseos activamente y para nosotras mismas. Pero ojo, porque hay actividad en la pasividad “ser amadas”. La satisfacción narcisista de ser amada /mirada propia de la posición femenina aunque una mujer puede amar en posición masculina y un hombre en posición femenina. Este es un tema para retomar en próximos blogs ya que la sexualidad no es 1  + 1, 2  pero puedo ir adelantando que se trata de un juego que hay que jugar, el juego del deseo donde existen distintos roles o posiciones como en el ajedrez. mujer, hombre, hombro, pecho

De acuerdo a Paula Stockley y Anne Campbell “When competition escalates in intensity, it typically involves the use of indirect aggression such as reputational attack, stigmatization and exclusion”. consultar fuente El ataque re-putacional apunta a ensuciar la imagen de la otra mujer como sexuada, lo mismo que la estigmatización que además en la mujer según demuestran estas mismas investigadoras, posee mucho más peso. La típica situación: los hombres duermen tranquilos después de haber realizado una pelea con un rival, en cambio las mujeres pueden pasar la noche sin dormir sin poder sacarse los estigmas de la piel. La exclusión o el porteño “ninguneo” es un arma muy bien afilada por parte de las “bellas indiferentes” que además requiere un mínimo de energía para ser implementada y un riesgo físico nulo.

Ahora si la competición es por los hombres o no, seguramente habrán posiciones opuestas. Las homosexuales acérrimas o feministas duras quizás dirán que no todo es por los hombres, que este es un tema específicamente femenino. Pero a mi me parece que esto de femenino no tiene nada, yo creo que el tema no es el hombre en sí sino la completud que representa en el inconciente. Nuestro problema es la falta, lo incompleto que intentamos rellenar (alguna vez habrás visto ese tipo de mujer que parece se tragó un falo. Pero la soberbia es proporcional a la frustración que intentan ocultar).  

Entonces, ¿qué recomiendo? Como primer paso, reconocer los sentimientos de envidia y celos entre mujeres. No para hacer pura catarsis, sino porque a partir del reconocimiento de lo que sentimos podemos evitar actuarlo sin darnos cuenta o dándonos cuenta, aún peor. Pero sobre todo porque a partir del doloroso sentimiento de la envidia, podemos atravesar nuestros propios deseos pasivos y salir a una búsqueda activa de la pasividad como juego. No sólo vestirnos con la ropa, sino dejarnos vestir por los mensajes ocultos en ella. Sé que es algo difícil ya que trabajar la envidia es reconocerse humana.

Las preguntas ¿Qué es una mujer? ¿Qué desea? son constitutivas del inconciente femenino, así que es normal sentirte perdida en este tema porque como dijo Simone de Beauvoir “no se nace mujer, se llega a serlo”. Por otro lado, si estás tan orgullosa de ser mujer al punto que no podés hacer una autocrítica, me imagino que no habrás llegado hasta el final de este artículo, pero quizás me equivoque porque en soledad las mujeres  somos una pizca más flexibles a admitir alguna carencia. Nadie hasta ahora nació máquina pero si seguimos así transmudaremos en autómatas de nuestra propia vida.

 

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