Enrique Carrión

Durante la performance tour, Enrique hizo un mapa/receta, una experiencia totalmente libre. Luego de un tiempo de haber decantado la experiencia, le pregunté si quería además escribir algo. Y él escribió este texto que catalogó como una reseña. Resalto la frase “rodeadxs de performers/performance” porque si bien algunxs nos dedicamos a ello, en el deseo todxs de alguna forma lo somos.

 

El día, color sepia. Las calles, más argentinas que Gardel. Todo indicaba una
velada memorable, especialmente porque un amigo, Luis, Tucci de cariño, había
pronunciado el día como el día del performance. Él y yo nos dirigíamos a un lugar
llamado el panal. El concepto: la conglomeración de talento, para así, procrear un
hijo con Poros, y compartir el fruto de ese amor con todos los habitantes de ese
espacio creativo.
La fachada no invocaba ningún tipo de presencia artística; pero lo que yacía
allí dentro, me sorprendió sobremanera. Había sido invitado a un performance. ¿de
que? No sé. De lo único que había sido advertido, era de quienes iban a formar
parte del publico. Una vez en el estudio de Lorena, y después de las debidas
presentaciones, me encontraba rodeado de performers; lo que me hizo vivir el
performance de Lorena de una forma particular.
Esta escenificación de una de las mas cruciales propiedades humanas, el
deseo, involucraba al publico como participante, mientras todo estaba orquestado
por el artista. Lorena era la directora del “flash” colectivo del publico.
En primer momento, antes de que comenzase la obra, pensé que ya lo había
hecho. Me explico. En la sala, con un publico del cual me habían dicho era de
performers, imagine, que ya había comenzado. La misma explicación de lo que
vendría a pasar convocaba la presencia de lo real entre las rejillas de mis
pulmones. El latido de la sala, armado por el como y quien, proferían en el vidente
la expectativa de lo que vendría a suceder. Solo faltaba que alguien se acercase a
mis orejas y preguntaran: Monsieur Godot?
Nos dirigimos a una cocina con la única consigna que escribamos todo lo
que venga a nuestra mente con respecto a lo que ahí sucedía. La cocina del deseo
contenía en ella los ingredientes para un budín de limón. Curiosa la elección de un
budín. Algo tan cotidiano para algo tan cotidiano. Harina, huevos, limón, tiempo y
mano de obra, era lo que se necesitaba para lograr cumplir nuestro cometido. Cada
ingrediente con su propósito, con algo que hace del deseo, deseo. Digamos no es
casualidad, aun cuando lo sea, de que este, el deseo sea un budín de limón.
Mientras la elaboración del postre involucraba al espectador, como actor dentro de
la obra, Lorena narraba todo, y entre sus palabras sumergía a los participantes en
la tarea. Cosa que serviría de forshadowing de lo que pasaría después.
Mientras esperábamos que el deseo, perdón el Budín, se cocine, pasamos a
otra sala donde una artista contaba su experiencia vital de lo que la impulsaba al
acto creativo.
Finalmente, comimos (ingerimos, aprehendimos, en el más puro estilo
hegeliano, nos apropiamos de otro). No solamente Budín, pero arte.

Enrique Carrión, enero de 2019